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Creación Literaria

Ritmo narrativo en novela: ejercicios para pasar de la pausa a la acción

Hay manuscritos que no se atascan por falta de ideas, sino porque todas las escenas avanzan con la misma velocidad. Una conversación familiar ocupa seis páginas; una persecución, apenas tres líneas.

Ritmo narrativo en novela: ejercicios para pasar de la pausa a la acción

Un personaje tarda media mañana en abrir una carta, pero después atraviesa un conflicto decisivo en un párrafo. El lector no siempre sabe explicar qué falla, aunque lo nota: la historia pierde tensión, se vuelve plana o parece correr justo cuando debería detenerse.

El ritmo narrativo en novela no consiste en escribir siempre deprisa. Tampoco equivale a llenar la página de acción. Es la relación entre el tiempo que duran los hechos de la historia y el espacio que les concedemos en el relato. Cuando esa relación está bien trabajada, una mirada puede ocupar un párrafo y diez años pueden desaparecer en una frase sin que el lector sienta un salto brusco. Cuando no lo está, incluso una escena intensa se queda sin engranajes.

En mis correcciones suelo encontrar el mismo problema: el autor intenta arreglar el ritmo añadiendo acontecimientos. Sin embargo, muchas veces no hace falta que ocurra más, sino que el texto administre mejor lo que ya ocurre. La sintaxis, los párrafos, los silencios, la densidad del diálogo y la cantidad de detalle forman un andamio invisible. Si lo colocamos mal, la novela se tambalea aunque la premisa sea buena.

La arquitectura del tiempo: historia frente a relato

Antes de pulir frases conviene separar dos cosas que en el borrador suelen mezclarse:

  • El tiempo de la historia: cuánto duran los hechos dentro del mundo narrativo.
  • El tiempo del relato: cuánto espacio textual dedicamos a contar esos hechos.

Una mudanza puede durar tres semanas en la vida de un personaje y resolverse en dos líneas. Una discusión de cuatro minutos puede ocupar diez páginas si contiene una revelación, una decisión o un cambio irreversible en la relación entre los personajes.

Esta diferencia es el punto de partida para entender el ritmo. No se trata de medir el número de páginas por hora de ficción con una calculadora, porque no existe una proporción universal que sirva para todas las novelas. Una narración de suspense, una novela de formación y una saga familiar necesitarán velocidades distintas. El ritmo adecuado depende de la función de cada escena y del tipo de tensión que se está construyendo.

La pregunta útil no es «¿esta escena es demasiado lenta?», sino otra más concreta:

¿Qué debe experimentar el lector aquí: espera, descubrimiento, urgencia, comprensión, desconcierto o impacto?

Si la escena contiene una decisión urgente, conviene que el lenguaje no se quede instalado en explicaciones laterales. Si el personaje acaba de recibir una noticia que modifica su vida, quizá necesitemos detenernos en su percepción antes de saltar al siguiente acontecimiento. La lentitud puede ser una forma de presión. La rapidez, una manera de impedir que el personaje procese lo que acaba de suceder.

Un ejemplo de desajuste

Imaginemos una escena en la que Marta descubre que su hermano ha vendido la casa familiar sin avisarla. En un primer borrador, el texto podría avanzar así:

Marta vio el correo sobre la mesa. Lo abrió. Leyó el documento y comprendió que la casa ya no era de la familia. Se enfadó mucho y llamó a su hermano para pedirle explicaciones.

La información está, pero el conflicto pasa por la página como una caja mal encajada en una estantería. El texto resume el descubrimiento, la reacción emocional y la llamada sin detenerse en ninguno de los puntos de tensión. No necesitamos convertir cada gesto en una página, pero sí decidir dónde está el peso de la escena.

Una revisión más trabajada podría conservar la sencillez y ampliar únicamente el instante decisivo:

El correo estaba abierto sobre la mesa, junto al recibo de la luz. Marta reconoció el membrete del notario antes de leer el nombre de su hermano. Durante unos segundos no entendió la frase completa; las palabras parecían colocadas en el orden correcto, pero se negaban a formar un sentido. Después volvió al principio y encontró la cifra, la fecha y la firma. La casa estaba vendida.

>

Dejó el documento donde estaba. No llamó todavía. Primero miró hacia el pasillo, como si su madre pudiera salir de la habitación y corregir aquella noticia.

Aquí el tiempo de la historia apenas ha avanzado. Marta sigue en la cocina, con el documento delante. Sin embargo, el tiempo del relato se expande porque la escena necesita que el lector atraviese con ella el reconocimiento, la resistencia y el primer impulso de negar lo ocurrido.

El ritmo no se arregla añadiendo acontecimientos, sino dando a cada acontecimiento el espacio que su conflicto necesita.

Los cinco tempos narrativos: de la elipsis a la digresión

La narración dispone de cinco velocidades básicas para organizar el tiempo interno. No son compartimentos cerrados ni recetas que debamos aplicar de manera mecánica. Funcionan como herramientas de taller: una sirve para retirar material, otra para ampliar una superficie y otra para dejar visible una pieza que antes estaba escondida.

Tempo narrativoQué ocurrePara qué sirve
ElipsisSe omite un periodo de tiempoSaltar sobre etapas previsibles o poco relevantes
ResumenSe condensan varios hechos en pocas líneasRecorrer una transición sin dramatizarla por completo
EscenaEl relato se aproxima al tiempo de la acciónMostrar decisiones, conflictos y diálogos significativos
Pausa descriptiva o reflexivaLa historia se detiene mientras el relato continúaProfundizar en un espacio, una percepción o un proceso mental
DigresiónEl texto se desvía temporalmente del hilo principalAportar contexto, memoria, interpretación o contraste

La elipsis: saber qué no contar

La elipsis es la velocidad máxima porque omite un tramo de la historia. Puede aparecer en una frase o incluso en un cambio de párrafo:

Durante los seis meses siguientes, Marta no volvió a hablar con su hermano.

Ese salto puede ser eficaz si lo importante no es narrar cada intento de reconciliación, sino mostrar el resultado: la distancia se instala. La elipsis también evita que la novela convierta en escena cada desplazamiento, cada comida y cada trámite.

El problema aparece cuando se omite precisamente el cambio que el lector necesitaba presenciar. Si Marta pasa de desconfiar de su hermano a perdonarlo, la elipsis no puede ocultar sin más el momento que modifica esa relación. Podemos saltar semanas, pero tendremos que mostrar el gesto, la conversación o la decisión que haga comprensible la transformación.

El resumen: una transición con dirección

El resumen condensa una secuencia de acciones:

Durante las semanas siguientes, Marta reunió los papeles, habló con el abogado y descubrió que la venta se había firmado meses antes.

No vemos cada conversación, pero sí entendemos que el personaje ha pasado de la conmoción a la investigación. El resumen funciona como una bisagra entre escenas. Tiene que conservar una dirección clara: algo cambia, se acumula o conduce a un nuevo punto de conflicto.

Un resumen débil enumera actividades sin consecuencia:

Marta fue a varias oficinas, hizo llamadas, revisó documentos y habló con distintas personas.

El lector recibe movimiento, pero no avance. Para mejorar la fluidez de la prosa no basta con poner muchos verbos; cada acción resumida debe empujar el problema hacia otra posición.

La escena: el lugar de la fricción

La escena acerca el relato al tiempo real. Es el tempo habitual de los enfrentamientos, las revelaciones, las decisiones y los diálogos en los que una relación se modifica.

No significa que la escena deba registrar cada segundo. Podemos omitir una pausa, un trayecto o una respuesta obvia. Lo esencial es que el lector perciba la cadena de causa y efecto:

  • alguien quiere algo;
  • encuentra una resistencia;
  • responde a esa resistencia;
  • la situación queda alterada.

Si dos personajes discuten durante tres páginas pero al final ninguno descubre nada, cede nada o decide nada, quizá la escena esté escrita con detalle, pero no tiene presión dramática. El diálogo puede sonar natural y, aun así, estar girando en vacío.

La pausa: detener la acción sin detener la novela

La pausa descriptiva o reflexiva aparece cuando el tiempo de la historia queda momentáneamente suspendido. El personaje observa una habitación, recuerda un episodio o intenta comprender una emoción. Bien administrada, la pausa aumenta la tensión porque obliga al lector a permanecer junto a una experiencia que no se resuelve de inmediato.

La pausa se vuelve un problema cuando repite lo que la escena ya ha demostrado. Si sabemos que el personaje está asustado porque acaba de esconderse de alguien, no necesitamos tres párrafos para afirmar que tiene miedo. La reflexión debe añadir una capa: una asociación inesperada, una contradicción, un detalle que modifique el sentido de lo ocurrido.

La digresión: contexto con propósito

La digresión se aparta del acontecimiento inmediato para ofrecer una información lateral. Puede explicar la historia de una casa, recordar una antigua traición o introducir una interpretación del narrador. No es un adorno automático. Tiene que regresar al conflicto con algo en las manos.

Una digresión eficaz modifica la lectura de la escena. Si conocemos el origen de una fotografía antes de que el personaje la encuentre, la imagen tendrá un peso distinto. Si el dato no afecta a la percepción, al deseo o al peligro presente, quizá deba trasladarse a otro lugar o desaparecer.

Mecánica de la velocidad: sintaxis para acelerar la acción

Cuando una escena necesita avanzar hacia la acción, el primer banco de trabajo es la sintaxis. Las frases cortas pueden aumentar la sensación de urgencia porque reducen el tiempo de procesamiento y colocan cada verbo en primer plano:

Oyó el golpe. Se volvió. La ventana estaba abierta. Corrió hacia ella.

La sucesión produce rapidez, pero no conviene convertirla en una cadena de frases telegráficas. Si todo el capítulo está construido así, la urgencia deja de ser un efecto y se convierte en un tono plano. El ritmo necesita contraste; una herramienta solo funciona cuando no se usa para cada tornillo.

Para ajustar una escena de acción, suele ayudar:

1. Acercar el verbo al sujeto.

«Marta empujó la puerta» tiene más impulso que «La puerta fue empujada por Marta».

2. Reducir los incisos que interrumpen la reacción.

Si el personaje está huyendo, una explicación sobre el color de las paredes puede esperar, salvo que ese color tenga una función concreta.

3. Elegir verbos con dirección.

«Se desplazó rápidamente hacia la salida» resulta más blando que «corrió hacia la salida». La precisión no siempre exige una palabra más sofisticada; a menudo pide una palabra más exacta.

4. Limitar la adjetivación acumulativa.

«La enorme, oscura, húmeda y estrecha escalera» detiene la imagen para describirla desde fuera. «La escalera se estrechaba bajo sus pies» incorpora el espacio a la acción.

5. Usar diálogos breves cuando el conflicto está en el límite.

Las réplicas largas pueden ser adecuadas para una confesión o una explicación, pero en una discusión tensa las interrupciones y las respuestas incompletas suelen mostrar mejor la resistencia.

Comparemos dos versiones de una misma situación:

—No puedes entrar —dijo Laura, colocándose delante de la puerta mientras intentaba recordar dónde había dejado las llaves y por qué su padre había escogido precisamente aquella tarde para volver después de tantos años.

La frase concentra gesto, pensamiento, contexto y explicación. El lector entiende la situación, pero la tensión se diluye porque todo llega unido.

—No puedes entrar.

>

Laura se plantó delante de la puerta. Buscó las llaves en el bolsillo. No estaban.

>

—Apártate.

>

—No.

La segunda versión no es automáticamente mejor. Es más rápida porque separa las acciones, recorta la explicación y deja que el conflicto respire en los silencios. Si queremos conservar la referencia al pasado, podemos colocarla después, cuando el personaje tenga un momento de pausa.

El diálogo como regulador de velocidad

El diálogo acelera porque distribuye la información en turnos y obliga a la escena a avanzar mediante respuestas. Pero un diálogo lleno de réplicas no siempre es dinámico. Si los personajes se explican mutuamente lo que ambos saben, la conversación se vuelve una herramienta de exposición demasiado visible.

Un diálogo con tensión suele contener una diferencia entre lo que se dice y lo que está en juego. Laura puede hablar de las llaves mientras intenta impedir que su padre entre. Él puede preguntar por la casa cuando en realidad está comprobando si ella conoce la venta. La velocidad no nace únicamente de responder deprisa, sino de que cada intervención modifique la posición de los personajes.

También conviene vigilar los incisos narrativos:

—No voy a firmar —dijo Laura con un tono firme, mirando fijamente a su padre con una expresión de cansancio y enfado.

Si el diálogo ya deja clara la actitud, el inciso explica dos veces lo mismo. Podemos pulirlo:

—No voy a firmar —dijo Laura.

>

Su padre dejó el contrato sobre la mesa.

El gesto final puede contener más presión que una explicación emocional completa.

El arte de la pausa: cómo expandir la introspección

La pausa reflexiva no consiste en detener la novela para que el narrador pronuncie una opinión general sobre la vida. En ficción, pensar también es actuar. Un personaje que recuerda, compara, niega o interpreta está tomando posiciones frente al conflicto.

Para construir una pausa con tensión, podemos trabajar en tres capas:

  • Percepción concreta: qué ve, oye, toca o huele el personaje.
  • Asociación mental: qué recuerdo, temor o expectativa despierta esa percepción.
  • Consecuencia: qué cambia en su forma de entender la situación.

Por ejemplo:

La taza tenía una grieta junto al asa. Marta la había visto durante años sin prestarle atención, pero ahora le pareció que la grieta avanzaba por toda la porcelana. Pensó en llamar a su madre. No lo hizo. Si su madre contestaba, tendría que decirle que la casa ya no era suya.

La taza no está ahí para decorar la cocina. Es una superficie concreta que activa una comparación y conduce a una decisión. La pausa, por tanto, no se queda inmóvil: reorganiza el conflicto.

El error de explicar la emoción después de mostrarla

Un borrador puede presentar primero una reacción y después traducirla para el lector:

Marta guardó el contrato en el cajón. Le temblaban las manos. Estaba muy nerviosa y no sabía qué hacer.

La última frase reduce la fuerza de los detalles anteriores. No siempre hay que eliminar la explicación emocional, pero sí preguntarse si añade algo. Una alternativa podría ser:

Marta guardó el contrato en el cajón. Le temblaban las manos. Cerró con llave y se quedó mirando el mueble, sin recordar dónde había dejado la llave.

La indecisión aparece convertida en conducta. El lector no recibe una etiqueta, sino una experiencia.

La longitud de la frase como respiración

Las oraciones compuestas y las subordinadas pueden ralentizar el tempo porque obligan a recorrer varias relaciones antes de llegar al punto final:

Aunque sabía que debía llamar a su hermano y exigirle una explicación, Marta permaneció junto a la mesa, escuchando el ruido del ascensor, porque durante unos segundos necesitó creer que la persona que saliera de él sería su madre y que todo aquello todavía podía deshacerse.

La frase prolonga la espera y coloca el pensamiento dentro del movimiento. Puede ser adecuada si el personaje está suspendido entre una acción y otra. Sin embargo, una frase larga no es profunda por el simple hecho de ser larga. Si acumula subordinadas sin una progresión clara, el lector no siente lentitud significativa, sino dificultad.

Una buena prueba de edición consiste en localizar la palabra o imagen que sostiene la frase. Si no existe, quizá tengamos varias ideas cosidas con hilo débil. Podemos dividir, cambiar el orden o eliminar una explicación. Pulir no es empobrecer: es retirar el material que impide que la pieza encaje.

Ajuste de escenas: cuándo acelerar y cuándo dejar que el texto respire

El ritmo narrativo en novela se percibe sobre todo por contraste. Una escena lenta después de otra escena lenta pierde capacidad de suspensión. Una persecución detrás de otra persecución desgasta la urgencia. La novela necesita una alternancia de presiones.

Esto no significa que cada capítulo deba obedecer a una pauta fija. El ritmo puede mantenerse lento durante muchas páginas si la lentitud contiene una expectativa que se estrecha. También puede ser rápido durante una secuencia extensa si el lector necesita experimentar agotamiento, confusión o pérdida de control.

Para revisar una escena, resulta útil anotar qué sucede en cada párrafo y clasificarlo de manera provisional:

  • acción visible;
  • diálogo;
  • percepción sensorial;
  • reflexión;
  • información del pasado;
  • transición o resumen.

Después conviene mirar la secuencia, no solo las frases. Si cinco párrafos consecutivos explican lo que el personaje piensa y ninguno altera su decisión, quizá haya que introducir una acción, una resistencia externa o una imagen que cambie el eje. Si una escena de conflicto encadena únicamente acciones sin permitir que el lector comprenda qué está en juego, será necesario abrir una pausa breve.

Una comparación práctica

Supongamos que un personaje debe decidir si entrega una carta que puede perjudicar a su amiga. Una versión demasiado rápida podría decir:

Encontró la carta, la leyó y decidió entregarla. Después fue a casa de su amiga y se la dio.

La decisión aparece sin fricción. Una versión demasiado lenta podría detenerse durante páginas en la descripción del sobre, la historia del escritorio y todos los recuerdos de la amistad, sin acercarse a la elección.

Una versión equilibrada podría distribuir los tempos:

Encontró la carta en el segundo cajón. Reconoció la letra de Daniel y leyó solo la primera línea.

>

Durante un rato no hizo nada. Desde la ventana llegaba el ruido de los cubos de basura y, en el piso de arriba, alguien arrastraba una silla. Pensó en la última vez que su amiga le había pedido que no volviera a ocultarle información.

>

Guardó la carta en el bolso y salió. Tardó veinte minutos en llegar a su casa. No pensó en otra cosa, pero cuando la vio abrir la puerta estuvo a punto de marcharse.

>

—Esto es para ti —dijo.

>

Su amiga miró el sobre. No lo cogió.

La escena contiene resumen, pausa, trayecto condensado y diálogo. La decisión no se explica como una conclusión abstracta; se construye mediante acciones sucesivas.

La velocidad narrativa es una decisión ética con la atención del lector: no conviene hacerle esperar donde no hay conflicto, ni obligarle a pasar de largo por lo que cambia una vida.

Laboratorio de reescritura: ejercicios de escritura para medir la velocidad narrativa

La teoría se vuelve útil cuando puede aplicarse al párrafo que tenemos delante. Estos ejercicios sirven para mejorar la fluidez de la prosa y detectar dónde el manuscrito acelera o se queda clavado.

1. La misma escena en dos extremos

Elige una escena breve en la que haya un conflicto claro: una llamada que no se contesta, una puerta que alguien intenta abrir, una despedida o una acusación. No cambies los hechos principales. Reescríbela dos veces.

Versión rápida:

  • utiliza frases más cortas;
  • elimina descripciones que no afecten a la acción;
  • reduce los pensamientos explicativos;
  • emplea verbos concretos;
  • deja que el diálogo avance mediante réplicas breves.

Versión lenta:

  • incorpora detalles sensoriales;
  • permite que el personaje interprete lo que ocurre;
  • utiliza oraciones compuestas;
  • introduce una asociación con el pasado;
  • muestra la resistencia antes de la decisión.

El objetivo no es elegir automáticamente la versión rápida. Compara qué información aparece en cada una y qué emoción produce. Después escribe una tercera versión que combine las herramientas de ambas.

2. El semáforo del ritmo

Lee una página de tu manuscrito y marca cada párrafo con un color imaginario:

  • Verde: la acción avanza o la decisión cambia.
  • Ámbar: el texto prepara, observa o reflexiona.
  • Rojo: la información se repite, la escena se desvía sin propósito o el conflicto queda inmóvil.

No se trata de eliminar todos los párrafos ámbar. Son necesarios para que la narración respire. El problema aparece cuando el rojo ocupa demasiado espacio o cuando el verde se prolonga sin una pausa que permita comprender el impacto de lo ocurrido.

3. La prueba de los verbos

Subraya los verbos de una escena de acción. Después pregunta qué hacen realmente los personajes. Si aparecen muchos verbos de percepción o de intención —«parecía», «pensó», «sintió», «intentó», «decidió»—, comprueba si puedes convertir alguno en conducta visible.

En lugar de:

Pensó que debía marcharse, pero no quería parecer asustado.

Podemos escribir:

Cogió el abrigo. Lo dejó sobre la silla.

La acción no siempre debe sustituir al pensamiento. A veces el pensamiento es el acontecimiento. Pero esta prueba permite localizar explicaciones abstractas que pueden transformarse en gesto, diálogo o elección.

4. El mismo conflicto sin incisos

Escoge diez líneas de diálogo y elimina todos los incisos narrativos salvo los imprescindibles para identificar al hablante. Después añade solo los gestos que modifiquen el sentido de la conversación.

Si una réplica funciona mejor sin explicación, déjala respirar. Si se vuelve ambigua, incorpora un gesto preciso, no una etiqueta emocional general. «Se enfadó» informa; «dobló el recibo hasta rasgarlo» permite leer el enfado y, además, añade una acción.

5. El ejercicio de diez minutos

Para cerrar el trabajo, reserva diez minutos y sigue estos pasos:

1. Elige una escena de tu novela que te parezca plana.

2. Escribe en una línea qué quiere cada personaje en ese momento.

3. Rodea el punto exacto en el que la situación debería cambiar.

4. Redacta una versión rápida de cien palabras, sin incisos largos ni explicaciones.

5. Redacta una versión lenta de doscientas palabras, incorporando percepción e introspección.

6. Compara ambas y recupera de cada una tres elementos.

7. Escribe una versión final de entre ciento cincuenta y doscientas palabras.

8. Al terminar, comprueba si existe una consecuencia visible: una decisión, una pérdida, una sospecha o una nueva pregunta.

El ejercicio no pretende producir la versión definitiva. Es una forma de desmontar la pieza, como quien retira una tabla para comprobar dónde se ha aflojado el andamio. A veces descubrirás que la escena necesitaba más velocidad. Otras veces verás que el problema no era la lentitud, sino la ausencia de conflicto.

Una revisión final del ritmo narrativo

Cuando termines de trabajar una escena, léela en voz alta. La respiración detecta irregularidades que los ojos pasan por alto. Las frases cortas encadenadas pueden crear una urgencia eficaz o una percusión monótona. Las oraciones largas pueden sostener una conciencia alterada o atascarse en explicaciones. El oído ayuda a distinguir una cosa de la otra.

Después revisa estas preguntas, no como una lista mecánica, sino como una conversación con el texto:

  • ¿Dónde empieza realmente la escena?
  • ¿Qué información puede resumirse o desaparecer?
  • ¿Qué instante merece más espacio?
  • ¿La descripción cambia la tensión o solo decora?
  • ¿El diálogo contiene resistencia?
  • ¿La pausa reflexiva modifica la decisión del personaje?
  • ¿El final de la escena deja una situación distinta de la inicial?

La diferencia entre ritmo lento y rápido en ficción no es una diferencia entre prosa buena y prosa mala. Es una cuestión de ajuste. Una novela madura sabe cuándo apretar los engranajes y cuándo dejar que una pieza tarde en encajar porque precisamente esa demora contiene el sentido.

El ritmo narrativo se construye frase a frase, pero se comprueba a escala de escena y de capítulo. No basta con acortar oraciones para acelerar ni con añadir detalles para ralentizar. Hay que saber qué experimenta el lector, qué descubre y qué espera en cada tramo. Cuando esa intención está clara, la sintaxis deja de ser un conjunto de decisiones aisladas y se convierte en una herramienta de dirección.

Empieza por una sola escena. No intentes reparar toda la novela de una vez. Acelera lo que todavía no tiene conflicto, detén lo que contiene una transformación y elimina los rodeos que no llevan a ninguna parte. Después vuelve a leer. La historia seguirá siendo la misma, pero habrá encontrado una respiración más precisa.

Preguntas frecuentes

¿Cómo puedo saber si el ritmo de mi novela es demasiado lento?
El ritmo es inadecuado si la historia pierde tensión, se vuelve plana o parece estancada. La pregunta clave no es si la escena es lenta, sino qué debe experimentar el lector en ese momento: espera, urgencia, descubrimiento o impacto.
¿Es mejor usar frases cortas para que la acción sea más rápida?
Las frases cortas aumentan la sensación de urgencia al reducir el tiempo de procesamiento, pero no deben usarse en todo el capítulo para evitar un tono monótono. El ritmo efectivo se basa en el contraste entre diferentes longitudes de frase.
¿Qué diferencia hay entre el tiempo de la historia y el tiempo del relato?
El tiempo de la historia es la duración real de los hechos dentro del mundo narrativo, mientras que el tiempo del relato es el espacio textual que el autor decide dedicar a contar esos hechos.
¿Cuándo es recomendable utilizar una pausa reflexiva?
La pausa es útil cuando el personaje observa, recuerda o intenta comprender una emoción, siempre que añada una capa nueva al conflicto. Debe evitarse si solo repite información que la escena ya ha demostrado.
¿Cómo puedo mejorar una escena de diálogo que se siente estática?
Un diálogo dinámico debe mostrar resistencia y modificar la posición de los personajes. Es recomendable eliminar incisos narrativos innecesarios y asegurarse de que cada intervención cambie algo en la situación o en la relación entre los interlocutores.